EL DESPRECIO A LAS JUDÍAS VERDES
- rebecasaavedrag
- 28 jul
- 3 min de lectura
Hay una comida que desprecié durante años sin imaginar que algún día acabaría convirtiéndose en sabor a casa: las judías verdes con patatas cocidas, huevo duro, aceite de oliva, sal y pimienta.

Durante mucho tiempo las miré por encima del hombro. Me parecían comida de enfermo, de hospital, de esos platos que aparecen cuando no hay mucho más que hacer.
En Chile no es una preparación demasiado habitual. Los porotos verdes suelen comerse como ensalada, con limón o mayonesa, o formando parte de uno de los mejores inventos gastronómicos chilenos: el chacarero, ese maravilloso sándwich con carne, porotos verdes y ají.
Pero al llegar a España descubrí otra relación con este plato. Y lo curioso es que ahora me encanta. Con el paso de los años, los sabores que uno llama "casa" dejan de pertenecer únicamente al lugar donde nacimos. En mi cocina y en mi corazón, la cocina chilena empieza a convivir con los platos catalanes y, probablemente, dentro de unos años, el rösti también forme parte de esa memoria.
Receta del desprecio a las judías verdes
Ingredientes (2 personas)
250 g de judías verdes.
250 g de patatas.
4 huevos.
Aceite de oliva virgen extra.
Sal.
Pimienta negra.
Preparación
Lava las judías verdes y corta las puntas. Cuécelas entre 15 y 20 minutos; a mí me gustan todavía un poco crujientes, así que prefiero ir probándolas.
Cuece las patatas con piel hasta que estén tiernas. Después enfríalas con agua fría y retírales la piel con las manos.
Cuece los huevos hasta que estén duros.
Cuando todo esté listo, corta las patatas y las judías de manera rústica, sin preocuparte demasiado por la presentación. Parte los huevos por la mitad y termina el plato con un buen chorro de aceite de oliva, sal y pimienta.
No necesita nada más.
Pero estoy hablando de hogar cuando en realidad quería hablarles de una película sobre el desprecio.
El desprecio (Le Mépris, 1963), de Jean-Luc Godard, está basada en la novela homónima de Alberto Moravia. Cuenta la historia de Paul Javal, un guionista francés que recibe el encargo de adaptar La Odisea para un productor estadounidense, Jerry Prokosch, que quiere convertirla en una película comercial dirigida por Fritz Lang, quien aparece interpretándose a sí mismo. Paul viaja a Capri junto a su esposa, Camille, para trabajar en el proyecto.

Durante el rodaje empieza a abrirse una grieta en la relación de la pareja. Camille percibe que Paul la utiliza, que la abandona emocionalmente y que, en un momento decisivo, la entrega simbólicamente al deseo del productor para favorecer su carrera. A partir de ahí nace el desprecio de Camille hacia Paul: no como un simple enfado, sino como la sensación de que algo esencial en la relación se ha roto.
La película parece contar una historia de pareja, pero en realidad habla de muchas cosas: el amor, el orgullo, el dinero, el arte convertido en mercancía y la imposibilidad de comprender completamente al otro. También es una reflexión feroz sobre la industria cinematográfica y sobre lo que ocurre cuando la creación artística queda atrapada entre intereses económicos y egos.
Como casi todo el cine de Godard, lo esencial ocurre en los espacios entre las cosas. La historia se construye en los silencios, las miradas y los pequeños gestos mucho más que en la acción.
Camille, que amaba a Paul, termina despreciándolo. Yo, que durante años desprecié las judías verdes, terminé encontrando en ellas un sabor a casa.
Dos movimientos aparentemente opuestos, pero nacidos del mismo lugar: un cambio en la forma de mirar.

¿Qué es lo que cambia realmente? ¿El objeto que miramos o la persona que observa?
En mi caso, las judías verdes dejaron de ser un plato triste para convertirse en memoria, afecto y una nueva forma de sentirme en casa. Camille, en cambio, dejó de encontrar hogar en Paul.
El desprecio nos recuerda que el amor, como el rechazo, también depende de la mirada.
Quizás a Camille le habrían venido bien un plato de judías verdes para pasar el mal rato.



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